lunes, 11 de diciembre de 2017

Crónicas de viaje: Ver llover en Colombo

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- ¿A dónde viajas?
- A Sri Lanka.
- ¿¡A dónde!?

De ahí venía la explicación, que Sri Lanka es una isla en forma de gota al este de India. Creo que nadie nunca antes había oído la expresión "lágrima de la India".

Debo haber escuchado esas preguntas más de 50 veces en los últimos dos meses cuando en la conversación surgía el asunto de mi viaje. Y es que la última reunión de Global Voices se llevó a cabo en Colombo, capital de Sri Lanka.

Como suele ser con estos viajes, los preparativos fueron casi tan emocionantes como el viaje mismo. Lo que más opacaba la emoción era la cantidad de horas que debía pasar en un avión: en total, 25 horas, sin contar las esperas en tres aeropuertos. El tramo más largo era de 15 horas... entre Sao Paulo y Dubái.

Finalmente, llegamos a una ciudad que nos recibió llena de verde. Digo llegamos porque el grupo de iba nutriendo en cada parada. De Lima partí sola, en Sao Paulo me encontré con Victoria y en Dubái ya éramos más de diez. A Colombo nuestro avión llegó casi junto a otro procedente de Doha, con otra parte del grupo. Así que en el aeropuerto internacional de Bandaranaike éramos un grupo muy nutrido que partió en tres camionetas rumbo al hotel.

En la tarde de la llegada, Janine, Tadeo y yo fuimos a una tienda de artesanías. En realidad, los tres andábamos como zombies, veníamos viajando desde el sábado y ya era lunes. Hechas las compras, regresamos al hotel. Todavía no anochecía y Janine y yo, que compartíamos la habitación, ya estábamos durmiendo como si fuera medianoche.

Ni cuenta nos dimos de la lluvia que empezó esa noche. Que empezó esa noche y no paró en toda la semana que estuvimos por ahí.

Es rara la sensación de lluvia para mí, que vivo en una ciudad asentada en un desierto donde la lluvia son gotas mínimas que no echan a perder los planes de nadie. Ahora ya puedo decir que sé cómo es oír llover.

El hotel elegido estaba al lado de la playa, a la que nadie pudo ir porque no paró de llover. Desde mi ventana, veía el mar encrespado por el viento que acompañaba la constante precipitación. El Índico ante mis ojos, tan cerca y a la vez tan lejos.

Así transcurrió esa inolvidable semana, entre reuniones, risas, encuentros, conversaciones y mucha camaradería. Y lluvia, mucha lluvia. Supe que al día siguiente de mi partida, que fue de noche, salió el sol.

Tuve que recorrer casi medio mundo para ver llover. Valió la pena toda la aventura.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Bodas de aluminio

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Sin darme apenas cuenta, casi como por arte de magia como dice la canción, este blog cumplió diez años. Qué lejana y qué cercana a la vez se siente esa primera publicación, que vino llena de dudas.

Y acá estamos, apagando diez velitas, celebrando bodas de aluminio, cumpliendo aniversarios metálicos, contando ya los años con dos dígitos y en décadas.

Ha sido un viaje fantástico, y lo seguirá siendo. Viene junto con otro viaje fantástico, diez años de una hermosa amistad descubierta en Global Voices.

Vamos por diez años más, y muchos más.
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Hablando de Global Voices, acá mi más reciente artículo en su sitio web.


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Ardilla osada

Desde hace algún tiempo se ven ardillas en Lima, aunque de todas maneras no son muy habituales. Las que se ven por acá son plomas y de colas poco frondosas, no como las tradicionales marrones que hemos visto toda la vida en los dibujos. Eso sí, tienen la cola lo suficientemente larga como para indicar claramente por dónde andan.

Siempre que las veo, andan a salto de mata, o a salto de cables aéreos, sobre las copas de los árboles que adornan las calles por acá cerca, generando revuelo a su paso. Nunca las había visto desplazarse a ras del piso.

Hasta hace poco.

El otro día caminaba por la avenida Larco, entre el ruido y la prisa de esta avenida tan transitada por peatones y vehículos, donde se oyen todos los acentos y todos los idiomas. Es una vía cosmopolita, imagino que prácticamente todos los turistas que vienen a Lima pasan por ahí.

De repente, con el rabillo del ojo noté un movimiento acelerado muy cerca de mí, y cuando volteé en esa dirección, logré ver a una ardilla que bajaba de un árbol. Su paso iba cambiando de rápido a cauto a medida que se acercaba al suelo. En un momento se detuvo, como calculando dónde dar el siguiente paso.

Ya para ese momento, algunas personas se habían detenido a mirarla. La ardilla seguía observando fijamente el suelo casi sin moverse.

Finalmente se decidió. En un instante, saltó del delgado tronco del árbol al suelo, giró 180 grados y quedó frente a la pista que, coincidentemente, estaba vacía. La luz de un semáforo cercano contenía a los autos en ese momento. La ardilla se quedó calculando unos segundos más y de repente, saltó a la pista y cruzó la avenida corriendo. Como si hubiera habido una sincronización previamente ensayada, en el segundo en que el animalito ya estaba a salvo en la otra acera, los autos comenzaron a pasar a gran velocidad.

Por un breve momento, la ardilla se quedó mirando el tramo que había recorrido. Casi se podía sentir que se felicitaba, admirada de su propio valor.

Después, en un segundo, se trepó al árbol que tenía más cerca y se perdió entre sus hojas en un abrir y cerrar de ojos. Interiormente, aplaudí esa muestra de coraje que tuve el privilegio de presenciar una tarde cualquiera de primavera.

lunes, 30 de octubre de 2017

El carro de lujo

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Hace algunos años, escuché un diálogo entre una abuela y su nieta, de ocho años. A continuación, lo reconstruyo para mis lectores, imaginando cómo lo contaría la abuela.
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- Abu, cuéntame de cuando eras chiquita.

Quien habla es mi nieta de ocho años. No me sorprende pues más de una vez me ha pedido que le hable de mis vivencias de niñez. Imagino que le sonarán lejanas en tiempo, espacio y dimensión.

Yo nací en la década de 1940, en una pequeña ciudad de Loreto, en la selva de nuestro Perú. Mi infancia fue dulce y serena, pero felizmente ni triste ni sola. Está llena de recuerdos buenos y de los otros, pero mayormente buenos.

- A ver, ¿qué quieres que te cuente?
- ¡Del carro de lujo! –responde, con un brillo en los ojitos que me anima a contarle.
- En la ciudad donde yo crecí, no había muchos carros. No se necesitaba tener carro porque el sitio es chico, a todos lados nos íbamos caminando. Además mi papá, tu bisabuelo Pedro, era un gran caminante y con él a su lado, mi hermana y yo recorríamos a pie casi todas las calles de nuestro rinconcito del mundo.
- Yo también tengo mi rinconcito en el mundo, pero ir caminando me cansa a veces.
- Bueno, es que no teníamos otra manera de ir de un sitio a otro.

Traté de imaginar lo que una niña nacida en el siglo XXI piensa de los recuerdos de su abuela, no solamente por los años que nos separan, sino por el hecho de ser ella una limeña acostumbrada a una urbe enorme, llena de carros, movimiento, gente, tiendas y no a una ciudad pequeña donde la gente vivía con las puertas abiertas como dando la bienvenida a personas amigas y donde a veces el medio de comunicación eran las campanadas de la iglesia. Un tiempo sin televisión, sin computadoras, sin celulares debe sonarle como ciencia ficción o relatos de una realidad alterna en un universo paralelo.

- ¿Quieres que te cuente? –le dije, volviendo a este tiempo.
- Sí, abu, por favor.
- Bueno, no había muchos carros. En verdad, solamente había dos carros, y los dos eran de la misma familia.
- ¡¿Dos carros nada más?! –su voz denota una incredulidad enorme. En su cabeza no cabe que existieran únicamente dos carros para toda la gente.
- Sí, dos carros. Ya te digo que no necesitábamos más porque caminábamos a todas partes. Uno de esos carros era una camioneta con tolva, de color azul, con la pintura bastante oxidada. Casi ni se movía de su sitio, creo que no funcionaba. Nunca lo vi en ninguna otra parte más que en la entrada de la casa de esta familia.

Mis recuerdos volaron a esa calle paralela a la de mi casa. Cada vez que iba al colegio con mi hermana pasábamos por la esquina y ahí estaba estacionada la camioneta azul. Siempre. Todos los días. Recién ahora me pregunto qué hubiera sentido si un día no la hubiera visto al pasar por ahí. En ese tiempo, nunca nos preguntábamos para qué servía un auto que vivía estacionado.

- El otro carro era cosa seria. Era un auto, como cualquier carro que ves por la calle, con cuatro puertas. Ese sí era nuevo, de color verde. Sus asientos también eran de color verde.
- No me gusta mucho el color verde.
- Se veía muy elegante. Recuerdo la primera vez que lo vi. Parecía magia, como los carros que solamente había visto en el cine. Me hubiera encantado pasear en ese carro.

Cómo olvidar ese día. Un ruido extraño y nuevo llenó las calles. Todos salimos corriendo a ver qué era y nos quedamos con la boca abierta y el corazón acelerado cuando lo vimos pasar. “Así deben pasearse los ángeles”, recuerdo que pensé.

- ¿Te subiste alguna vez?
- No, pero por la ventana podíamos ver los asientos. A veces nos lo encontrábamos estacionado afuera de la municipalidad, o frente a alguna casa. Entonces, tu tía y yo nos quedábamos asombradas mirándolo. Los otros niños también lo miraban, probablemente como tú te quedarías mirando una nave espacial si la encontraras estacionada frente a tu casa.
- ¿Y quién manejaba? – quiso saber.
- Un señor que era amigo de mi papá. Cuando nos encontraba mirando su carro con la boca abierta se reía, nos decía con una sonrisa amplia “cualquier día, los llevo a pasear”. Y todos soñábamos con ir a pasear en ese carro tan lindo.
- ¿Y se fueron a pasear?
- No, eso nunca pasó.
- ¿Por qué? –su tono me hizo recordar la decepción que sentíamos cada vez que oíamos pasar el carro pensando cuándo podríamos subir.
- No sé. Supongo que en realidad el señor no tenía pensado llevarnos a pasear, pero lo decía porque nos veía la cara de ansiedad. Era un hombre muy bueno.
- Abu, pero, si nadie manejaba en ese sitio, ¿dónde aprendió a manejar ese señor?
- Ah, es que él había vivido un tiempo en una ciudad más grande y ahí aprendió a manejar.

De nuevo retrocedí en el tiempo. Volví a mi salón de clases y cómo nos alborotábamos cuando escuchábamos el ruido característico del carro de lujo pasando por las afueras del colegio. Tratábamos de verlo pasar, pero para eso había que estar al lado de la ventana.

Lo que queríamos era ver si algún otro niño estaba gozando de un paseo en esa maravilla verde.

Hasta donde sé, nunca nadie más que el dueño y su esposa se subieron al carro más famoso de mi pequeño rincón del mundo. Ahí donde los amaneceres pintan de anaranjado el río, donde la lluvia toca música cuando golpea los techos metálicos de las casas, donde las flores son de plástico y hay que mandarlas a hacer porque no crecen en los jardines, donde las manzanas son artículos de lujo que no se tiene todos los días, donde la tierra mojada tiene un olor característico que a veces siento percibir, donde el cariño viene en forma de plátanos, gallinas y sonrisas.

Donde ver pasar un carro de lujo era motivo de alegría.